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martes

Cuatro

Prefiero dormirme pensando en la historia de algún personaje imaginario que en la mía propia… 
Porque es aburrida, porque duele, porque encontraría demasiados errores cometidos,
demasiado amor propio y ajeno desperdiciado, demasiados tropezones con la misma piedra. 
Y si pienso en ello ya me es imposible conciliar el sueño, y por la mañana
el amanecer viene acompañado de retorcijones en el estómago y nudos en la garganta. 
Por eso, no pienso. Por eso, duermo, amanezco, y ya no duele tanto levantar
las comisuras de los labios y soltar una sonrisa.

Tres

Yo sé de una muchacha que entrecierra los ojos y se oculta de la luz de un sol recién estrenado.
Yo sé de una muchacha a la que sonreír le resulta la tarea más difícil del mundo,
y que tiene más de un sollozo contenido en la garganta.
También sé de una a la que le han robado las palabras,
y que ya no sabe qué hacer frente a una hoja en blanco.
Yo sé de ti. Yo sé de todo lo que eres después de que te hirieran.
Espero alguna vez conocer todo lo bueno que has tenido dentro alguna vez, antes de que decidieras encerrarlo todo y arrojarlo lejos.
Y sin embargo, es ahora que eres lo más bonito que vivo y que tengo.

lunes

Dos

Fue curioso.
Cómo nos conocimos, digo.
Era lunes, pero yo iba disfrazada de domingo por la tarde, movida por una extraña música de ambiente, como en las películas. Presagiaba algo bueno, lo sabía.
Lo sabías.
¿Por qué me regalaste esa deslumbrante sonrisa al pasar junto a mí, si no? Vos ibas vestido de lunes, como era correcto en un buen señorito. Se te notaba algo cansado, pero fingías estar radiante y lleno de vida cuando comenzamos a hablar, haciendo gala de cómo ser esos perfectos desconocidos que ansiaban conocerse.

jueves

Uno

Cuando se fue, Marly se sorprendió a sí misma un día, viviendo la vida como si nada, sonriendo, hasta escribiendo en su cuaderno número siete como si de cualquier otro día se tratara.
Estaba convencida de que el mundo se acabaría si él no estaba con ella.
¿Catástrofes naturales, suicidios masivos, agujeros negros que se tragarían la tierra?
Nada de eso sucedió. La vida continuó, ella continuó. Yo continué.
Su ausencia no la perseguía día a día, ni a cada minuto. Pucha, que Marly ya se había preparado de antemano. Se había enyesado el corazón, se había llenado de curitas las rodillas y había apretado el botón suprimir a todos aquellos recuerdos dolorosos.
¿Y para qué, pues?
Casi ni notaba Marly que él no estaba allí, salvo por las cosas que delataban su ausencia.
Podía decirse, entonces, que él estaba en todas esas cosas que faltaban.
Fácil, pensó Marly, mientras me mantenga alejada de ellas, estaré bien.
Imposible.